Fotografías Fiestas Verano 2014

Fotografías de las fiestas de Villares de Jadraque, 2014. Fotografías cedidas por Santiago Somolinos.

Una reliquía – 1985

Villares Jadraque

La casualidad y un poco la suerte han dado conmigo en esta exten­sa comarca de vallejuelos que sirven de preludio a las faldas del Alto Rey. Aun a distancia se encienden al bajar los solecillos de junio cuando chocan con los techados pizarrosos de las parideras. Es un brillo argentífero que delata, en las lajas pedregosas de las lade­ras, la proximidad de las minas de plata. Casucas negras cada vez más a la mano. En el precipicio y en el alto comparten los tropelludos terraplenes las matas de jara y los roblecillos acabados de vestir. Baja un frío sorprendente de los picos nevados de Somosierra que obliga a enfundarse el jersey. El autobús de Pablo se la acaba de jugar por enésima vez librando las cuestas que sirven de balcón a las caprichosas corrientes del Bornova. El panorama que alumbra el descenso resulta sobrecogedor, temible, para quien, como el que estas cosas cuenta, se limita a cruzar por él de Pascuas a Ramos.

Al punto de apear en el empalme que abre las puertas de Villares, entra detras de mí el coche de línea. Pablo o Jesús, Jesús o Pablo, se pasean por estos parajes agrestes a diario, transportando viajeros que acuden de la capital o van a ella con espaciada asiduidad. En la parada de Villares se bajan un señor y tres jovencitas que, uno supone, vendrán a pasar el fin de semana. La circunstancia especial de coinci­dir además con los albores del verano, hacen que el autobús de la sie­rra suba hoy con un cargamento desacostumbrado. Pablo, el conductor, me lo explica desde la ventanilla.

– La mayor parte son chicos de estos pueblos que vienen del colegio. En vacaciones hay más movimiento que de ordinario.
– ¿Cuántos años llevas en la misma ruta?
– Por aquí, exactamente veintiséis.
– ¿No os da miedo andar por estas carreteras?
– Ya no. Se acostumbra uno a todo. Ahora esto es una autopista.

Un abuelo bajito, con boina y ojillos medio llorosos, remueve los surcos en un cercado de tierra oscura que hay por encima de la carretera. Es un anciano simpático y bonachón, de los que no se resignan a permanecer mano sobre mano catando a diario como los de su edad el sol de la esquina. Luego me diría que se llama Miguel. Ver más →

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